lunes, 28 de mayo de 2018

Pisadas en el fango

- Me dijeron una semana o dos y la obra lleva parada mes y medio –el belemnites gesticulaba nervioso, agitando todos los tentáculos de un modo cómico-. Aparte del forzoso cambio de trazado y distribución de la urbanización, ¿son ustedes conscientes del coste imprevisto que esto supone? Alquiler de maquinaria, salarios de trabajadores que, en el mejor de los casos, pasarán el día oyendo la radio tirados en el sillón y, en el peor, acabarán buscando otra obra…

- Se lo acaba de decir mi compañero –intercedió Carlos-, los restos que han ido apareciendo no dejan lugar a dudas: el yacimiento es excepcional y estamos a punto de lograr un descubrimiento que se convertirá en un hito en la historia de la ciencia.

Cuando una de las retroexcavadoras que estaban vaciando el terreno para colocar los primeros forjados de la segunda fase de “Residencial Atance” hicieron aflorar aquellos extraños fósiles, el Gobierno envió a Iván y Carlos para valorar los restos.

Centenares de costillas y algún que otro cráneo de simosaurio, así como innumerables caparazones de placodontos, evidenciaban que se trataba de un verdadero cementerio de sauropterigios del Triásico. Como corresponde a dos de las eminencias más laureadas y respetadas de la comunidad científica del Cretácico Superior iberoarmoricano, los dos ammonites no dudaron en dar permiso a los obreros para machacar todos aquellos inútiles huesos y continuar con la edificación.

Sin embargo, justo cuando los paleontólogos regresaban al vehículo que les había conducido hasta allí, el operario de una de las excavadoras, que llevaba poco en la empresa y desapareció definitivamente después de aquello, quiso asegurarse: “Entonces, ¿también podemos destruir los dibujos de la roca?”. Se refería a una prominencia rocosa semioculta por un banco de algas, sobre la que alguien había practicado una serie de semicírculos concéntricos que describían formas extravagantes.

Los científicos terminaron valorando la posibilidad de que los dibujos hubieran sido realizados ex profeso sobre el fondo marino antes de que éste se endureciese, tal vez en el curso de una fase de desecación, en una era geológica previa, por lo menos doscientos o doscientos cincuenta millones de años atrás. Lógicamente, se paralizó la obra hasta estudiar a fondo aquel hallazgo y comprobar que no existieran otros similares en la zona.

- ¿Y qué puede ser más importante que el plancton de mis hijos? -El habitual tono sepia del manto del belemnites mutó en fucsia chillón.

- El eslabón perdido –sentenció lacónico Iván.

- ¿Lo qué?

- El eslabón perdido entre los trilobites (ya sabe, todo el mundo tiene algún fósil de cenicero en casa) y los mamíferos –explicó Carlos.

- ¿Los marífeos?

- Otros bichos repulsivos e inútiles con los que, sin duda, deben estar emparentados de algún modo. Aquí no se dejan ver mucho, pero en la superficie son una auténtica plaga.

- Mire, yo no sé de marífeos ni de eslabones, pero si no reanudamos pronto las obras, don Vito nos va a poner a todos en la puta calle. Y yo ya estoy muy mayor para volver al paro…

Don Vito en realidad se llamaba Pierre Vitous, pero había iberoarmorizado su nombre cuando llegó desde su Haţeg natal para fundar “La Burbuja Inmobiliaria, S.O. [1]” con un capital que Hacienda sospechaba de origen ilícito, por lo que en el Gobierno llegaron a ofrecerle un puesto de Secretario de Estado, que él se apresuró en rechazar porque, según sus propias palabras, “ya estoy mayor para meterme en política”. Sí, a mí el nombrecito de la empresa tampoco me suena muy bien, pero desde el punto de vista de una urbanización submarina, parece sugerir la irrupción de aire fresco.

- Caballero, este terreno está ahora bajo la protección y custodia del Gobierno. Le aconsejo que no toque nada hasta que nosotros se lo digamos si no quiere enfrentarse a un expediente sancionador y una multa millonaria.

Los ammonites se alejaron dejando al belemnites hecho una furia, escupiendo tinta como un poseso. En pocos segundos, desapareció dentro de una nube negra, envuelto en su propia ira.

- Iván, tienes algo entre los aptychi.

- Es que me acabo de trasegar un bocata diatomeas que no se lo salta un phylloceras... ¿No tendrás un palillo?



Ciento sesenta millones de años atrás, un placodonto se estaba dando un atracón de percebes justo donde –mucho después- el belemnites descargaría aquella nube de tinta. Los arrancaba de las rocas con los dientes cincelados que le colmaban el paladar y luego los trituraba con los molares, saboreándolos sin prisa, despreocupado por los posibles depredadores que pudieran andar merodeando la zona. Las placas óseas que cubrían su caparazón eran, sin duda, lo suficientemente duras para no tildarle de temerario gratuitamente pero, por poco profundo que sea el fondo, nunca se sabe quién puede aparecer por sorpresa; algunos tiburones se arriesgan bastante cuando aprieta la gusa. Por fortuna para el placodonto, en esta ocasión quien apareció fue su amigo Rogelio, el simosaurio.

- ¡Manolo! Joder, macho, llevo toda la tarde buscándote…

- ¡Groumpf, groumpf! Disculpfa, me pillaf con la boca llena -se excusó el placodonto, sin separarse un centímetro de su fuente de placer gastronómico-, ¿Qué pasa?

- Tenías razón, la exposición ha sido un éxito –dijo, moviendo su largo cuello a un lado y a otro, llevado de un entusiasmo casi pueril-. La gente se ha vuelto loca con el concepto del arte efímero…

- ¿Lo ves? Te lo dije, sólo necesitabas una etiqueta. Y no hay nada más valioso que lo que no se puede conservar. Por eso los mortales tenemos ese apego a la vida.

- Ya estás otra vez filosofando, no puedo contigo.

- Bueno, cuéntame… -dijo Manolo, dando pie a su amigo para poder volver él a ocuparse de sus moluscos.

- He vendido un centenar de entradas. Lo malo ha sido que el público más retrasado apenas ha podido apreciar las huellas de mi obra, pues la corriente casi la había borrado por completo. Alguno se ha puesto hecho un energúmeno y me ha pedido que le devolviera el dinero, pero un par de críticos, que también me han prometido una reseña destacada en sus revistas, les han tachado de ignorantes y les han recriminado que acudiesen allí si no querían disfrutar de la fugacidad del verdadero arte… ¿cómo lo han llamado…? Ah, sí, la estética esencia de lo evanescente. Suena bien, ¿verdad?

Aunque pudiera parecer que el simosaurio estuviera tratando de vender humo a snobs e intelectualoides, lo cierto es que su vanguardista propuesta no era sino el producto de una larga búsqueda. ¿Has probado a dibujar en la arena de la playa cuando se retira una ola para ver cómo tu creación desaparece al instante cuando llega la siguiente? Rogelio disfrutaba haciéndolo, pero le resultaba muy frustrante no poder saber lo que el público pensaba de sus dibujos. Sin transmisión, el arte es una suerte de onanismo sublimado. La música puede ser disfrutada tan sólo por el intérprete, pero su difusión la enriquece al existir tantos matices como oyentes.

Para Rogelio, los trazos que rasgaba en el fondo marino eran una prolongación de sus propios sentimientos. Profundos y agresivos cuando estaba enfadado, sutiles y delicados cuando disfrutaba de la belleza que le rodeaba. A veces, se movían en zigzag a lo largo de muchos metros; otras, apenas ocupaban unos tímidos centímetros. El público disfrutaba tanto con unos como con otros. Sus seguidores afirmaban que nunca había hecho dos dibujos iguales. Y lo cierto es que, aunque lo hubieran sido, nadie podría haberlo asegurado, ya que en pocos minutos todos eran borrados con la misma energía por las inflexibles corrientes submarinas.

El tiempo pasó y la moda del arte efímero también pasó. Pero Rogelio siguió dibujando. Dibujaba cuando se enamoraba y también cuando sufría un desengaño, cuando las corrientes cálidas le hacían sentirse eufórico y cuando la vida le daba un revés. A veces, pasaba toda la noche dibujando, presa del frenesí artístico. Tan ensimismado estaba con sus creaciones que fue el último en darse cuenta de que el nivel del mar había bajado hasta niveles alarmantes y, un día, comprobó que se había quedado solo. Entonces comenzó una nueva serie, que llamó “Soledad”, raspando círculos sobre la arena del fondo, que trataban de expresar que todo va y viene en ciclos, tal vez deseando que las cosas volvieran a ser como eran y que pudiera volver a llenar algún día su sala de exposiciones. Y siguió arañando apasionadamente círculos en el fango cuando el agua desapareció, hasta el día en que la naturaleza, inflexible, acabó con su vida. Sus huesos se fosilizaron y sus huellas en el barro se transformaron en roca con el transcurso de los siglos y, así, su arte dejó de ser efímero, trascendiendo hasta el Cretácico Superior.



- Pues a mí me la pela el eslabón perdido y los jodíos marífeos –masculló el belemnites ciento sesenta millones de años después, cuando Iván y David estuvieron lo suficientemente lejos-. Esto es cuestión de supervivencia.

El cefalópodo tomó entre los tentáculos los mandos de la retro y la emprendió a bocados con la roca de las icnitas hasta que la redujo a un montón de gravilla informe. Sin saberlo, había resucitado el arte efímero.


CHARLIE CHARMER


Simosaurio y placodonto (Carlos de Miguel)

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[1] Siglas de Sociedad Opaca.

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