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jueves, 11 de julio de 2024

El despertar del pasado (Alan Comet)

En una de las entregas que se publicaron por aquí dedicadas a los "Bolsilibros mesozoicos" se habló de Enrique Sánchez Pascual (1918-1996), autor de la novelita "Dimensión Pretérito" (1967) bajo el pseudónimo de Law Space dentro de la serie Espacio mundo futuro. Como ya comentamos, nació en Madrid y comenzó estudios de medicina, pero el inicio de la Guerra Civil le obligó a dejarlos. Luchó en el bando republicano y, al terminar la guerra, se vio obligado a exiliarse a Francia, donde conoció a su esposa. Su regreso a España le costó cumplir condena en la cárcel de Figueres. En la posguerra, trabajó como representante de unos laboratorios farmacéuticos hasta que, animado por un amigo escritor, decidió dedicarse a la literatura.

Enrique Sánchez Pascual junto a Félix Rodríguez de la Fuente

Su trabajo para la editorial Bruguera le hizo trasladarse a Barcelona. Como era habitual en los escritores de posguerra, escribió en numerosos géneros con multitud de pseudónimos como Alan Star, Karl von Vereiter, y el citado Law Space, llegando a colaborar con Félix Rodríguez de la Fuente en una revista. Fuera de la ciencia ficción destacó como escritor de historias bélicas, llegando a convertirse en un experto en la Segunda Guerra Mundial. En el género de la ciencia ficción su producción fue prolífica, llegando a escribir, literalmente, cientos de títulos para las editoriales Toray y Bruguera. Según su hijo, el escritor Enrique Sánchez Abulí, escribía una novela por semana, si no más. Llegó, incluso, a crear su propia editorial, Mando, para la que escribió quince títulos bajo el pseudónimo de Alan Comet en una colección denominada Robot. Y es bajo este sello donde encontramos la novelita "El despertar del pasado", publicada en 1955 y que se anunciaba con la siguiente sinopsis: "¡Habían muerto hacía millones de años! La ambición de un hombre les hizo despertar para lanzarse contra el mundo como una espeluznante pesadilla. ¡Una lucha contra los monstruos del pasado que le llevará al límite de lo posible!".

La acción se sitúa en 2085 en una Unión Soviética (ahora llamada Osteuropa) dominada por los países occidentales tras la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, en una base subterránea de Siberia aún habitan algunos comunistas que añoran su antiguo país. El profesor Alexis Komarow (que revive a los seres humanos mediante un fino electrodo en el cerebro), logra volver a la vida a miles de "monstruos del pasado" que dormían en el hielo. Esta terrible horda es lanzada hacia Europa por estos antiguos disidentes para derrotar a sus enemigos. Solo podrá ser frenada por la aviación estadounidense, que consigue además que los animales pretéritos vuelvan hacia Siberia y acaben definitivamente con el peligro soviético. Una idea muy loca, pero disfrutable en todo momento por el buen oficio de Sánchez Pascual/Comet. A continuación, dejamos un extracto:

Una vez que la oscuridad se adueñó del interior del vehículo, el zumbido del «tele-radar» fue el único ruido que rompió el silencio que reinaba allí. Sin saber exactamente por qué, Alexis sintió que su voluntad flaqueaba, presa de una emoción que aumentaba por momentos.

Algo tan poderoso como una clara intuición le decía que lo que aparecía en la pantalla iba a ser una sorpresa indudable y demasiado grande para no emocionarle. 

¿Qué podría haber allí, en el fondo de las capas heladas, que requiriese su presencia?

Una luz, débil al comienzo, empezó a fluctuar sobre el cristal pulido de la pantalla. A medida que la luz aumentaba en intensidad —al mismo tiempo que la ansiedad de Komarow— unas sombras gigantescas, se iban dibujando entre la claridad azulada del resto.

De repente…

La nitidez de las imágenes fue extraordinaria. Y el profesor, sin poderlo evitar, lanzó un grito ahogado que le salía del fondo de su alma de científico, al contemplar la maravilla que desfilaba ante sus desorbitados ojos.

Reposando entre las capas de hielo, desde hacía millones de millones de años, los animales que habitaban aquellas lejanas épocas estaban allí, en un sueño casi eterno, aprisionados por los hielos que habían detenido sus existencias…

Con los ojos brillantes por una fiebre de emoción, Komarow no cesaba de gritar extraños nombres al paso rápido de las imágenes.

—¡Triceratops!… ¡Un Iguanodon!… ¡Alosaurios!… ¡Brontosaurios!… ¡Diplodocus!…

Era todo el Pasado que destilaba, en su callado cementerio de hielo, ante el entusiasmado sabio. Los cuerpos de aquellos monstruos que habían aterrorizado a la propia tierra, estaban perfectamente conservados en el más formidable y gigantesco «frigorífico».

Durante millones y millones de años, sus cuerpos yacían en aquella especie de muerte invernal, como un tesoro paradójico. 

A su lado, Hugo lanzaba rápidas y divertidas ojeadas a la pantalla. Pero, su atención estaba clavada en el rostro del sabio en el que se leía una admiración sin límites.

—Sí, profesor —exclamó con vehemencia—, ahí están por millones, en enormes manadas, esperando solamente su ciencia…

Alexis se volvió sorprendido…

—Comprendo —dijo con un hilo de voz—. Ustedes desean que yo…

—¡Eso mismo! —cortó el otro—. Nosotros deseamos darles la vida que perdieron hace mucho tiempo. ¡Ésos son sus criaturas de ensayo, profesor! Están esperándole desde la Noche Turbia de lo Remoto. Y mientras usted venía… La fauna del pasado duerme…

Me lo chivó Pepelu. ¡Muchas gracias!

lunes, 22 de abril de 2024

Bolsilibros Mesozoicos (VI): Los últimos dinosaurios

Nacido en un pueblecito de Badajoz, José León Dominguez (1937-2010) estudió magisterio y acabó trabajando en una fábrica de Alcalá de Henares, aprovechando sus ratos libres para dar rienda suelta a su imaginación con su máquina de escribir. Debutó en 1969 en Toray con un western y pronto pasó a Bruguera, donde escribió nada menos que 55 de las novelitas que integran La conquista del espacio bajo el pseudónimo de “Kelltom McIntire”.

En “Desde un mundo remoto” (La conquista del espacio #312, 1976), un astronauta aterriza en el planeta Xoc, habitado por hombres primitivos que ofrecen sacrificios a las fuerzas de la naturaleza. El protagonista defiende a la tribu de los dinosaurios que les amenazan, ganándose el favor de la hija del jefe... La excelente portada dinosauriana es obra de Antonio Bernal. También encontramos seres de inspiración dinosauroide en la novelita “Los hematófagos” (La conquista del espacio #453, 1979).

Pero McIntire también escribió numerosas novelitas de terror, como “La invasión de los antroposaurios” (1981), nombre que reciben unos seres evolucionados a raíz de la caída de un meteorito en el siglo XVII y responsables de agresiones primero al ganado y, más tarde, a los niños que se atreven a aproximarse al lago...

José López García (1943), conocido en el mundillo como “Adam Surray”, comenzó escribiendo novelitas de vaqueros para Rollán en 1968, especializándose en 1969 en el género policíaco en Toray hasta que en 1972 la editora se declara en suspensión de pagos, momento en que el escritor –que compaginaba la escritura con la recepción del hostal familiar en Valencia– da el salto a Bruguera. Aprovechando la apertura del tardofranquismo, firmó algunas de las primeras novelitas gore de España y, en cuanto a lo que a nosotros más nos interesa, es autor de “En busca del dinosaurio perdido” (La conquista del espacio #670, 1983).

En 1986, Bruguera echa el cierre y, desde entonces, los aficionados a las novelitas de ciencia ficción andamos... pues eso, en busca del dinosaurio perdido.

lunes, 15 de abril de 2024

Bolsilibros Mesozoicos (V): La conquista del espacio

 
Obra divulgativa de Bruguera (1967)

El creciente favor popular de las novelitas de a duro acabó decidiendo a la principal editora de tebeos del país (Mortadelo, El capitán Trueno), Bruguera, a lanzar su propia colección. Con 746 títulos (725 sin contar reediciones), La conquista del espacio (1970-1985) fue la principal colección de ciencia ficción publicada en España. Tras el cierre de Bruguera, Ediciones B la relanzó con 63 reediciones. Entre los autores que aportaron relatos con fauna mesozoica o inspirada en ella, debemos destacar, aparte del ya comentado Curtis Garland, tres nombres: Ralph Barby, Adam Surray y Kelltom McIntire. Y como ya os suponíais, todos son fake, esto es, pseudónimos de escritores españoles de pura cepa.

 
Àngels Gimeno y Rafael Barberán: Ralph Barby

Rafael Barberán Domínguez nació el año que terminó la Guerra Civil, cuyo resultado provocó que se quedara huérfano de hecho, ya que su padre, sargento en un hospital de la República, fue recluido en un campo de concentración. Estudió química, siendo empleado por una empresa estadounidense hasta que perdió el trabajo por un grave problema de visión que arrastraba desde el servicio militar. En un club de ajedrez conoció a su futura mujer Àngels Gimeno Romero. Ambos compartían la pasión por la escritura y se convirtieron en un tándem literario bajo el pseudónimo de “Ralph Barby”, responsable de más de mil libros, de los que han vendido quince millones de ejemplares, más otros tres en portugués.

 
El que más nos interesa a nosotros es “Supervivencia” (La conquista del espacio #3, 1970), que cuenta la odisea de un grupo de astronautas que llega a un planeta habitado por dinosaurios y una raza de insectos antropomórficos que se encuentran en la Edad de Piedra.

Cuando Bruguera echó el cierre en los ochenta, el matrimonio dio un paso al frente y fundó su propia casa, Ediciones Olimpic, aunque se centraron en las novelitas de terror y el oeste, dejando a un lado la ciencia ficción. Por otra parte, Àngels ha traducido obras de ciencia ficción como la saga de Alex Scarrow Time Riders, incluida la segunda novela, “Tiempo de dinosaurios”, en la que Liam, miembro del selecto club de crononautas protagonista, viaja al Mesozoico, a la zona de caza un letal depredador.

Os dejamos con un fragmento de “Supervivencia” en el que, lamentablemente, una vez más se da por supuesta la convivencia entre seres humanos y dinosaurios en la prehistoria. En su descargo, sólo cabe aquello de “mal de muchos...”, pues la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia de 2015 mostró que casi un tercio de los españoles sigue pensando que humanos y dinosaurios convivieron en algún momento [1], demostrando lo imperiosamente necesaria que es la difusión científica. Éste es el texto de (los) Barby:
Por encima de los árboles apareció la feroz cabeza del monstruo antediluviano que fue reconocido inmediatamente por Eva, ya que el desarrollo genético y biológico de aquel extraño planeta tenía muchos paralelismos con la Tierra.

Aquel monstruo debía haber estado en medio de la jungla durmiendo y acababa de despertar alzando su enorme cabeza provista de una satánica dentadura capaz de triturar un “bulldozer” en escasos segundos.

—¡Peligro! —exclamó telepáticamente el anciano echando a correr.

Aquellos seres, provistos de antenas demostraron poder correr con una velocidad muy superior a la de los humanos. Varios de ellos recogieron del suelo lanzas que al parecer habían dejado caer antes de presentarse a los recién llegados.

—Es un terópodo.

—Parece muy peligroso.

—Sí, se sabe que eran terriblemente sanguinarios.

—Pues nuestros amigos de las antenas les tienen bastante terror.

—Lógico, como sólo poseen lanzas por armas, nada pueden contra él.

—Probablemente, bichos como ése diezmarán su población como debió ocurrir en la Tierra durante la prehistoria.

—¿Y qué hacemos? Ese monstruo parece que nos ha visto. Nos mira horriblemente y saca su lengua. Va a venir hacia aquí y su velocidad será asombrosa debido a las grandes extremidades posteriores que posee.

—Sí, no llegaríamos a tiempo al módulo, que por otra parte no representa suficiente protección, ya que ese monstruo puede triturarlo entre sus mandíbulas.

El terópodo rugió de nuevo irguiendo aún más su cabeza que sobrepasó en mucho las copas de los árboles que le rodeaban. De pronto, se lanzó en busca de sus presas.

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[1] Mora Cuadrado, J. (2017) La ciencia de los dinosaurios en 100 preguntas, Nowtilus.

lunes, 8 de abril de 2024

Bolsilibros Mesozoicos (IV): El mundo futuro

Juan Gallardo Muñoz (1929-2013) tuvo que salir de pequeño de Madrid por causa de la Guerra, estableciéndose en Benavente. Antes de dedicarse a la literatura popular, comenzó como periodista cinematográfico, llegando a enviar sus reseñas a Walt Disney o Judy Garland, de la que tomará el apellido de su pseudónimo más popular, “Curtis Garland”, ya que llegó a utilizar más de veinte en su extensísima producción, que abarca más de dos mil libros (y algunos cómics, como Hazañas del Oeste).

Como “Johnny Garland” publicó en la colección de Toray Espacio mundo futuro “Pantanos de Venus” (1960), donde una vez más comprobamos lo fecundo que es este planeta en fauna mesozoica. No podemos dejar de mencionar que, cinco años antes, Boixcar había publicado un cómic titulado “En los pantanos de Venus” en la tercera entrega de la ya mencionada colección de cuadernillos de tebeos Mundo Futuro, en cuya portada podemos disfrutar de una recreación del famoso mural de Rudolph Zallinger para el Museo Peabody de Historia Natural de la Universidad de Yale.

Como “Curtis Garland” contribuyó a la colección de Bruguera La conquista del espacio (que veremos más detenidamente en próximas entradas) con la novelita “Ballet cósmico” (1971), en la que el autor comete el grave error de manifestar que los humanos convivieron con los dinosaurios. Sólo se lo perdonamos porque dedicó a estas criaturas otra de las entregas para esta colección, "Dinosaurio" (1972), que además de dinosaurios, incluía trogloditas, robots y ovnis [1].

Enrique Sánchez Pascual (1918-1996) empezó medicina y el golpe de estado le impulsó a combatir a favor de la República, exiliándose a Francia tras la Guerra, donde nacería su hijo Enrique Sánchez Abulí, destinado a ser también un gran escritor (le recordaréis como guionista de la serie dibujada por Jordi Bernet Torpedo 1936). A su regreso a España, estuvo fue represaliado en la cárcel de Figueras. Probó suerte como empresario fundando la editorial Mando y desde 1970 con la agencia de cómic Comundi.

Bajo el pseudónimo de “Law Space”, contribuyó a Espacio mundo futuro con la novelita “Dimensión Pretérito” (1967), una historia de viajes en el tiempo. Aunque en la edición original se utilizó un fotograma de la película La isla misteriosa como portada, Chicharro dibujó unos cuantos dinosaurios en la cubierta de la reedición para la colección Galaxia 2001 (1975-1986) de Editorial Andina.


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[1] Además, la portada de su novelita “El cerebro del dragón” (Selección Terror #143, 1975) muestra a un ser draconiano, pero el protagonista es Fu Manchú. Y de modo similar, la de “El horror llegó del mar” (La conquista del espacio #433, 1978) muestra a un monstruo marino de dimensiones dinosaurianas... pero lo que hay en el interior son calamares, cangrejos y gambas gigantes.

lunes, 1 de abril de 2024

Bolsilibros Mesozoicos (III): Tecleando desde la cárcel

El éxito de Valenciana con Luchadores del espacio animó a Ediciones Toray a lanzar su propia colección, Espacio mundo futuro (1954). La apuesta dio pronto frutos y la editora decidió extrapolarla al cómic, impulsando la colección Mundo Futuro (1955), encomendada a Boixcar. Pese al título y salvo excepciones (“Los últimos selenitas” o ”Locura espacial”), no se repiten los títulos, tratándose de relatos autónomos. Entre los principales escritores de Espacio mundo futuro, debemos destacar a Luis García Lecha, Juan Gallardo Muñoz y Enrique Sánchez Pascual.

Luis García Lecha

Cuando debutó, en los años cincuenta, Luis García Lecha (1919-2005) se ganaba la vida como funcionario de prisiones. En 1962, cuando ya había logrado hacerse un nombre (bueno, varios, porque utilizó unos cuantos pseudónimos, como veremos) en el mundillo de la literatura popular, solicitó la excedencia y se centró en su carrera literaria hasta los ochenta, cuando las novelitas empezaron a perder el favor del público, reingresando al servicio activo en la cárcel hasta su jubilación. Tremendamente prolífico, García Lecha escribió más de dos mil novelas (casi setecientas de ciencia ficción), entre las que hay unas cuantas con presencia de fauna mesozoica o dinosauroides, además de un buen número de guiones de tebeos, destacando en Hazañas bélicas (lamentablemente, sin dinosaurios).

Con el pseudónimo de “Louis G. Milk” (demostrando bastante humor en torno a su apellido), publicó en Espacio mundo futuro la novelita “Dimensión X” (1955), una historia de viajes en el tiempo que comienza con la abducción de varias personas a punto de morir en diferentes épocas, que aparecen juntas en la misma habitación. Debido a un accidente, la máquina del tiempo que les ha reunido les acaba enviando a la Era Secundaria.

En 1958, como “Clark Carrados” [1], contribuyó a la colección con varios homenajes a clásicos de la paleoficción, como la novelita “Una princesa de Sirio”, inspirada en “A Princess of Mars”, primera entrega de la saga de John Carter de Edgar Rice Burroughs, y también con criaturas de inspiración dinosauroide, “Viaje al centro de Plutonia”, doble homenaje a Verne y Vladimir Obruchev, autor de “Plutonia” (escrita en 1915, aunque publicada en 1924) sobre un mundo perdido con fauna pretérita en el interior de la Tierra, y como Louis G. Milk, “El planeta perdido”, que rememora el clásico de Arthur Conan Doyle.

De nuevo como “Clark Carrados” y en la misma colección, García Lecha publicó “El planeta de los hombres de oro” (1959), una de las diez novelitas que protagonizó su robot detective Kabé. En esta ocasión, Kabé investiga un secuestro y, en un par de escenas, los protagonistas deben enfrentarse a dinosauroides, de modo parecido a como sucede en “El planeta loco” (Espacio Mundo futuro #277, 1962).

Os dejamos con un pequeño fragmento del capítulo VII de “Dimension X”:

“Obraron con el tiempo justo, porque apenas se habían escondido, agazapados detrás de unas altas hierbas, apareció un enorme animal, haciendo que los ojos de Fernando y de sus compañeros, se desorbitaran ante la estupefacción que les invadió al presenciar el monstruo, de más de veinticinco metros de longitud, por unos seis u ocho de altura, con un cuello y una cola larguísimos, en comparación con las patas, cortas, pero de una reciedumbre inmensa, armadas de unas garras de aspecto estremecedor. El animal pasó lentamente, moviendo su pequeña cabeza al extremo del esbelto cuello a un lado y a otro, y durante unos inacabables segundos durante los cuales el cuerpo de Fernando se cubrió de un frío sudor, pareció como si la bestia fuera a adivinar el lugar donde estaban ocultos aquellos seres insignificantes en comparación con ella.

¡Un diplodocus! – exclamó, estupefacto, Fernando, que hasta entonces había pensado hallarse en alguna región inexplorada de la Tierra, en lugar de en la Prehistoria. Pero que se hallaban en ésta se lo demostró la serie de diplodocus que, siguiendo el ancho camino abierto por el primero que parecía ser el jefe de la manada, pasaron y pasaron durante un periodo de tiempo que a aquellos cinco hombres se les hizo interminable”.

"El planeta loco", reedición de EASA de 1983

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[1] Se trata de un homenaje a Max Carrados, un personaje creado por el novelista inglés Ernest Bramah.

lunes, 25 de marzo de 2024

Bolsilibros Mesozoicos (II): Luchadores del espacio

Además de La saga de los Aznar, George H. White (Pascual Enguídanos en su casa) aportó también a la colección de novelitas “de a duro” de ciencia ficción de Editorial Valenciana Luchadores del espacio la más breve (tres títulos) serie Heredó un mundo (Luchadores del espacio #71-73, 1956), ambientada de nuevo en un Venus prehistórico con dinosaurios. Fue recopilada en un volumen en 2007 por la editorial Silente y también sería adaptada a viñetas en la colección Hazañas de la juventud audaz.

Ya te hablamos por aquí de la segunda de las novelitas de esta saga, “Desterrados en Venus”, adaptada a viñetas en el tercer cuadernillo de la colección. Y volvemos a encontrar fauna de inspiración dinosauroide en Venus en la inferior historia independiente “Venus llama a la Tierra”, que no se encuentra entre lo mejor del autor, que la firmó con otro de sus pseudónimos, “Van S. Smith”.

En cuanto al cómic, Enguídanos también escribió los cuadernillos de la serie Fredy Barton, el audaz (1961), que dibujó Fernando Cabedo, en cuyo episodio “Tierra de pesadilla” los protagonistas son atacados por dinosaurios.

Ya retirado, Enguídanos fue homenajeado en la HispaCon de 1994 con el premio Ignotus a la labor de toda una vida, concedido por la Asociación Española de Fantasía y Ciencia-ficción. En 1999, La Saga de los Aznar volvió a reeditarse a manos de Editorial Silente. En la HispaCon de 2003, Enguídanos recibió el premio Gabriel por toda su carrera, y en 2015, el Ayuntamiento de Líria instituyó un certamen de relatos que lleva su nombre.

Ramón Brotons, a.k.a. "Walter Carrigan"

Otro interesante autor que contribuyó a Luchadores del espacio fue Walter Carrigan y, sí, de nuevo estamos ante un pseudónimo. En este caso, se trata del también valenciano Ramón Brotons Espí (1933). Aunque, normalmente, los escritores de bolsilibros solían ser autores muy prolíficos, ya que los emolumentos que ofrecían las editoras no eran muy cuantiosos y se veían sometidos a un ritmo muy intenso de publicación para poder alcanzar un salario digno, Ramón es conocido por cuatro únicas novelas. Su contribución a la ciencia ficción se reduce a la serie Kipsedon (1955), integrada por los relatos “El hombre rojo de Tacom”, “El reino de las sombras”, “Las bases de Tarka” y “El Kipsedón sucumbe”, publicadas en los números 40 al 43 de la colección Luchadores del Espacio de Editorial Valenciana. Se reeditaron juntas en 2002 como La odisea del Kipsedon.

Los habitantes del planeta Tacom construyen una nave-planeta, el Kipsedón, para huir de la extinción y de sus enemigos, los tarkas. Cien años después, la ya muy anciana tripulación llega a la Tierra y, viéndola habitable deciden enviar al Kipsedón de regreso a Tacom –con una tripulación de jóvenes humanos– para contar la buena nueva. Pero luego descubren que el planeta ha sido conquistado por sus enemigos, como el Sistema Solar, que se lanzan a reconquistar, comenzando por la Luna y, luego, un Venus tropical infestado de dinosaurios...

Para abrir boca, os dejamos con el comienzo del capítulo IV de la tercera novela, “Las bases de Tarka”, en el que la mortal amenaza de la llegada de un dinosaurio se ve algo diluida al esgrimir el tópico de la torpeza que formaba parte del paradigma en la época en que se escribió esta novelita:

Cambiando de posición con la rapidez de una centella, el tacomis quedó en presencia de un monstruo tan terrible y repugnante como jamás contemplaron ojos humanos.

El horroroso animal surgió del vapor como una casa alta, saltando sobre las patas traseras, fuertes y macizas, y balanceándose por medio de una enorme cola, semejante a un canguro.

Las dos patas delanteras eran pequeñas, como cuerdas cortas colgando. ¡Sin embargo, a pesar de su ridícula presencia, eran más gruesas que el cuerpo de Yandot!

A la terrible aparición acompañaba el repugnante olor de un animal carnívoro, hediondo y putrefacto. La piel del monstruo se parecía a la de los cocodrilos. Sus garras eran armas terribles de ataque, de tales dimensiones que con facilidad podrían hacer presa y aplastar a un toro grande. Sus dientes servían de armas a un hocico de tamaño tan inverosímil como el resto del coloso prehistórico.

Tan grande era el peso del animal que sus pies se hundían en la tierra esponjosa, cerca de dos metros a cada brinco.

- ¿Qué es eso, profesor? –gritó Wilson.

- ¡Un tiranosaurio! –respondió el astrónomo- ¡Estén alerta!

El monstruoso animal, después de pasar saltando por el lado de Yandot, se detuvo en seco. Un instante después el animal embistió en dirección al sonido de la voz.

- ¡Esquívelo, teniente! –tronó el astrónomo-. ¡Esquívelo! Esa bestia posee probablemente un cerebro pesado, lo cual se supone fue una característica de los dinosaurios prehistóricos. ¡Apártese de su paso y transcurrirán varios segundos antes de que pueda decidirse a seguirlo!

Tanto dinosaurio saltando nos recuerda a los Laelaps de Knight

lunes, 18 de marzo de 2024

Bolsilibros Mesozoicos (I): La saga de los Aznar

El verano pasado, la almeriense Yeray Ediciones impulsó una iniciativa que, a los que vivimos aquellos remotos tiempos en los que la humanidad aún no había sido secuestrada por las pantallitas, nos despertó una fibra nostálgica. Dirigida por Carlos Díaz Maroto, la colección “Bolsilibros Yeray” pretendía recuperar el tono de las “novelas de a duro” que, por poco dinero (un duro eran 5 pesetas y un euro son 33 duros, así que con lo que te cuesta hoy un café llenabas una estantería), entretuvieron el ocio de tantos españolitos de a pie. Las publicaciones se ofrecen en formato doble, incluyendo la primera entrega una historia de hombres-lobo y “Las bestias del valle prohibido”, un relato del propio Díaz Maroto en el que un trío de detectives de lo sobrenatural es requerido por un rico ranchero y acaba viéndoselas con un dinosaurio.

Aparecidas a mediados del siglo pasado y a imagen de los pulp norteamericanos, estas novelitas llenaban los anaqueles de los quioscos, librerías de lance y otros establecimientos dedicados a la difusión de la cultura popular. Las novelitas se compraban, alquilaban o cambiaban, en un mercado que multiplicaba los lectores de cada ejemplar hasta que el desgaste las hacía impresentables. El formato estándar era de 15,5 x 10,5 cms. y 124 páginas, reducidas a 96 en los setenta y, aunque siempre se consideraron un medio de poco prestigio, muchos autores más que competentes recalaron en ellas por meras razones de subsistencia, y con el tiempo algunas han sido valoradas como auténticas joyas literarias.

Las editoras de novelitas de a duro eran veteranas del mundo del tebeo, en busca de nuevas cuotas de mercado, que explotaron con colecciones especializadas en distintos géneros: Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane o Keith Luger fueron los nombres que dominaron el western, Corín Tellado las románticas y Joseph Berna o Lou Carrigan las policíacas. En realidad, todos estos escritores eran más españoles que el botijo, pero se extendió el uso de pseudónimos anglosajones para hacerlos más interesantes.

Uno de los principales logros de los bolsilibros es que sirvieron como crisol para que germinase la ciencia ficción moderna española gracias a grandes profesionales que hoy son reverenciados por los aficionados. El género atrajo inmediatamente a los lectores y cada editora acabó creando su propia colección especializada: Editorial Valenciana lanzó Luchadores del espacio (234 títulos, 1953-1963), Toray Espacio Mundo Futuro (533 títulos, 1954-1973) y Bruguera La conquista del espacio (725 títulos, 1970-1985).

Pascual Enguídanos

El primer gran éxito de la ciencia ficción española y, en buena medida, responsable de cuanto vino después, fue la serie La saga de los Aznar, que no tiene nada que ver con quien estás pensando y supuso el debut de la colección de Valenciana Luchadores del espacio. El padre de la criatura era un tal George H. White. Pero, como te hemos avisado, tras ese pseudónimo se escondía un autor español de pura cepa. Su verdadero nombre era Pascual Enguídanos Usach.

Flash Gordon (1934)

Nacido en 1923 en Líria (Valencia), donde permaneció hasta su muerte en 2006, de chaval Pascual era un auténtico entusiasta de la lectura. Entre sus personajes favoritos estaba Flash Gordon (Alex Raymond, 1934), cuyos encuentros con los engrendros de aspecto dinosauroide endémicos del planeta Mongo leía con avidez en la revista de Hispano Americana Aventurero (1935). Cuando la escuela a la que acudía fue reconvertida en hospital militar durante la Guerra, se puso a trabajar en las labores más duras para ayudar a la economía familiar. Pero lo que de verdad le gustaba era escribir.

En los años 40 comenzó a colaborar en la revista local Estímulo, así como en la emisora Radio Juventud. Su labor profesional comienza en 1951 con algunos títulos románticos y bélicos para Editorial Valenciana, y también publicó varios trabajos en Bruguera. Considerado hoy como el decano de los escritores de ciencia ficción españoles, en 1953 publica bajo el pseudónimo de “George G. White” la novelita “Los hombres de Venus”, la primera de las 54 que compondrán La saga de los Aznar.

La saga comienza cuando Miguel Ángel Aznar busca platillos volantes en el Himalaya y acaba transportado a un Venus tropical con dinosaurios cuyos habitantes vuelan sobre pterosaurios, como podemos comprobar ya en el segundo volumen, “El planeta misterioso”. Nada que nos sorprenda, pues como ya vimos por estos lares, es bien sabido que el lucero del alba alberga fauna mesozoica de todo tipo. Tras una primera época (1953-1958), con 32 novelitas agrupadas en 12 volúmenes, se publicó una segunda (1973-1978) con otras 22 novelitas agrupadas en 10 volúmenes. El propio Enguídanos la adaptó al cómic en 1959 con dibujos de Matías Alonso en la colección de Valenciana Hazañas de la juventud audaz.

Miguel Ángel Aznar de caza "muy" mayor

El éxito de la serie catapultó la ciencia ficción en España. Y también tuvo bastante repercusión fuera de nuestras fronteras. En 1969, se publicó en Francia la versión en viñetas, que se reeditará en varias ocasiones, en 1972-1973 se editó en portugués. Y en 1978 fue premiada como mejor serie europea de ciencia ficción –por delante del clásico alemán Perry Rhodan– en la EuroCon de Bruselas. Aprovechando el tirón, ese mismo año Antonio Guerrero dibujó otra versión en cómic, lo que debió llenarle de satisfacción ya que veinte años antes había ilustrado para Editorial Rollán el cuadernillo de aventuras Rock Vanguard (guión de Miguel González Casquel, 1958), inspirado tanto en Flash Gordon como en La saga de los Aznar, pues también comienza en las montañas tibetanas, donde el protagonista encuentra una nave espacial que le transportará al planeta Radoma, que alberga tribus de hombres primitivos y dinosaurios.

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