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viernes, 12 de mayo de 2023

La demora de la cultura popular. A propósito de "65"

Cuando uno termina el visionado de 65 (que ya os presentamos por aquí a finales de 2022) y hace un recuento de las posibles referencias y reminiscencias que el largometraje contiene para con la cultura dinosauriana, el resultado es ciertamente abultado. Por supuesto, la premisa en que un viajero espacial acabe en territorio prehistórico asediado por todo tipo de fauna mesozoica retrotrae a clásicos como la soviética El planeta de las tormentas (Planeta Bur, Pavel Klushantsev, 1962), King Dinosaur: El planeta infernal (King Dinosaur, Bert I. Gordon, 1955) o El planeta de los dinosaurios (Planet of Dinosaurs, James K. Shea, 1977). Pero también esa combinación entre armamento futurista probada contra grandes carnívoros rememora de manera indisoluble con el relato de Ray Bradbury El sonido del trueno, llevada al cine con repelentes resultados en 2005 [1]. Y ya que hablamos de referentes literarios, servidor no puede evitar acordarse de aquellas libro-aventuras editadas por Timun Mas donde se exploraban este tipo de entornos, descritos siempre de manera atmosférica y salvaje, desde el puntos de vista de un viaje coetáneo, como fueron El último dinosaurio o Al encuentro de los dinosaurios. También, a modo de curiosidad, mencionaremos la historia Naves de estrellas, escrita por el paleontólogo soviético y amante de la ciencia ficción Ivan Yefremov, donde unos extraterrestres de aspecto humano visitan el Cretácico para toparse con nuestra animales prehistóricos favoritos.

Sea como fuere, en la presente producción encontramos abundante fauna del pasado. Y quizás uno de los elementos que más interesante hacen de 65 sea su intención de no emplear únicamente bestias conocidas, sino que se atreva a jugar con la evolución especulativa —como hizo King Kong de Peter Jackson o la citada El sonido del trueno, ambas de 2005— y en su intento de aventurarse a cómo podrían haber evolucionado ciertos animales, nos muestre animales un tanto distorsionados de lo que estamos acostumbrados a ver en pantalla. Una tendencia hipotética donde el geólogo Douglas Dixon era uno de sus máximos fantasiosos, como dan fe sus increíbles y delirantes publicaciones.

De los habituales y tipificados por la paleontología, el primero en aparecer en pantalla bien podría ser un Velociraptor, con un tamaño más ajustado a la criatura real que los agigantados presentes en la saga jurásica. Ahora bien, su escaso plumaje dista un tanto de lo que actualmente se cree sobre cómo estaban completamente recubiertos de plumas. Posteriormente, los protagonistas tratan de salvar de un lodazal lo que parece ser una variante del tireóforo Jakapil. Una pobre criatura que al final termina devorada por una bandada de Troodon, de nuevo con un plumaje casi inexistente.

Podemos identificar a dos tipos de pterosaurios, Thalassodromeus con su inconfundible cresta pero con diversas licencias en su cráneo, y fugaces Dsungaripterus que sobrevuelan a los protagonistas. Sin olvidar lo que parece ser un Oviraptor, en una escena que acontece en una gruta con un suspense muy bien conseguido deudor de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979).

En el sentido antes descrito de animales que no se ajustan a los conocidos por la ciencia y que se embarca en esa fauna hipotética con la que juegan los cineastas, podemos citar esos carnívoros de tamaño medio con la caja torácica especialmente prominente y rasgos casi antropomórficos pero con una sed carnívora insaciable y que persiguen a los protagonistas hasta la playa. Algunas fuentes consultadas señalan a estas criaturas como Lagosuchus, aunque la postura de sus extremidades delanteras —más abiertas que lo habitual en los dinosaurios— presentan grandes dudas en este sentido. O esos dos grandes tiranosáuridos cuya piel parece estar revestida de una coraza, muy similar a la que poseían los anquilosaurios.

Ahora bien, de esta gama de animales especulativos es el que bien podríamos definir como el dinosaurio antagonista del filme, un gran terópodo muy parecido a un tiranosaurio, pero que en contraposición, posee unas extremidades superiores muy desarrolladas, lo que le otorgan la capacidad en muchas ocasiones de caminar a cuatro patas.

Y continuando con el contraste de la película con el resto de filmografía dinosauriana, esta 65 permite plasmar en pantalla ese momento tan icónico y trascendental de la historia del planeta como fue el impacto de un enorme meteorito a finales del cretácico. Como hizo el filme Dinosaurio (Dinosaur, Ralph Zondag y Eric Leighton, 2000) de Disney, podemos deleitarnos con una reconstrucción catastrofista de aquella hecatombe planetaria.

Eso nos conduce a su vez a otro de los grandes rasgos distintivos del cine de dinosaurios, que es su retraso a la hora de actualizar la información ofrecida por los paleontólogos. De esta manera, si el cine tardó casi treinta años en adaptar para la cultura popular la imagen del dinosaurio de sangre caliente, más ágil y un ave en realidad, aquí ocurre lo mismo con el momento de la datación de la quinta extinción. Hace décadas se tenía la certeza que el impacto del asteroide se produjo hace 65 millones de años, si bien recientemente —para ser concretos en el año 2012— gracias a las últimas investigaciones durante la Comisión Internacional de Estratigrafía [2] se llegó a la conclusión de que eso se produjo un millón de años antes, es decir, hace 66 millones de años Se demuestra con el título de la presente película, una vez más, esa tardanza y resistencia por derribar ideales en la cultura popular.

En cualquier caso, y dejando al margen las apreciaciones paleontológicas, el largometraje que nos ocupa resulta un entretenimiento muy eficaz con elementos muy sugerentes. Así, la odisea que recorre el traumatizado protagonista [3] y su relación con la niña que debe proteger, aun sencilla, se ejecuta empática y pronto el espectador queda atento a las diferentes barreras que se encuentran en su camino hacia esa cápsula de salvamento que promete devolverles a su planeta. Con una muy agradecida fotografía que resalta la belleza del Mesozoico —con algunas sorpresas visuales donde se potencian los claroscuros— la travesía de los protagonistas viene espoleada por una conseguida sensación de peligro inminente que se esconde detrás de cada arbusto y cada recoveco, amén de unas notables escenas de suspense. De este modo, el espectador está continuamente en tensión aguardando algún ataque prehistórico, y a la conclusión de la narración, esta 65 se resuelve como una aventura muy disfrutable con un encantador envoltorio de ciencia ficción. En este sentido la producción no promete ser otra cosa, y con las bazas que propone, el resultado es honesto y satisfactorio. De todas las referenciadas al inicio de la reseña con una premisa, sin duda 65 se erige como una de las más destacables.


OCTAVIO LÓPEZ SANJUÁN

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[1] También fue adaptada en televisión en 1989, dentro de la serie The Ray Bradbury Theater.
[2] International Commission on Stratigraphy (https://stratigraphy.org/)
[3] Curiosamente, la actriz que interpreta a la hija del protagonista, Chloe Coleman, tiene un rol muy similar en la coetánea Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones (Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, John Francis Daley y Jonathan Goldstein, 2023).

miércoles, 14 de abril de 2021

King Solomon's Treasure (1976)

Roger Dicken, todo un orfebre de los efectos especiales, se esmeró a fondo en la fauna del pasado de los largometrajes de Kevin Connor, con sus creaciones para La tierra olvidada por el tiempo (The Land That Time Forgot, 1974) a la cabeza. Pero además, Dicken estuvo involucrado brevemente al comienzo de otra producción con bestias prehistóricas. 


Se trata de King Solomon’s Treasure (Alvin Rakoff, 1979), una película de bajo presupuesto estrenada poco después donde el aventurero Allan Quatermain se enfrentaba a algo así como un ceratópsido —lo deducimos por el collar que porta la marioneta utilizada— o un saurópodo al que intentan identificar bien como un Apatosaurus, o un Diplodocus o un Brontosaurus, plasmado aquí con una marioneta del mismo tipo que el Stegosaurus de Viaje al mundo perdido (The People That Time Forgot, Kevin Connor, 1977) y al que utilizan para remolcar una barcaza.


Esta adaptación de las historias del escritor de aventuras H. Rider Haggard se llevó a cabo con un mínimo de presupuesto en Sudáfrica, y surgieron innumerables problemas que hundieron todavía más su ya escueta naturaleza. Desde ese conflicto anunciado al comienzo entre Roger Dicken y la productora, que hizo abandonar el proyecto y dejar la tarea de supervisar los efectos especiales al mismo director del filme Alvin Rakoff, a continuas reescrituras y recortes que terminaron forjando una de las traslaciones más pobres de Allan Quatermain, a pesar de su reparto nada desdeñable con John Colicos —el primer actor en dar vida a un Klingon en Star Trek— en el papel del legendario aventurero; Patrick McNee, de la serie Los vengadores (The Avengers, 1961-1969); o Britt Ekland, por entonces ya una sex symbol y con grandes intervenciones en El hombre de mimbre (The Wicker Man, Robin Hardy, 1973) y su inolvidable Goodnight en El hombre de la pistola de oro (The Man With The Golden Gun, Guy Hamilton, 1974).



Ahora bien, puede que sea una de las adaptaciones más paupérrimas de Quatermain, pero tiene el honor de ser la única en mostrar a fauna dinosauriana. Incluso uno de los protagonistas simula el canto de apareamiento de un saurópodo. Puedes ver esta joyita completa en versión original a continuación:


OCTAVIO LÓPEZ SANJUÁN


Puedes encontrar más cortometrajes protagonizados por bestias prehistóricas, y todo tipo de producciones abanderadas por fauna del pasado, en el libro Hace un millón de años y su secuela Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, publicados por Diábolo Ediciones.

viernes, 19 de marzo de 2021

The Age of Mammals (1981)

A principios de los ochenta hacía acto de aparición el cortometraje The Age of Mammals (Mark D. Wolf, 1980), una producción protagonizada por diferentes animales prehistóricos, animados fotograma a fotograma, y realizada con fines didácticos para escuelas y similares. De hecho, el proyecto fue iniciado como una suerte de secuela de Dinosaurs, the Terrible Lizards (Wah Chang, 1970), y su guión fue escrito por Gail Morgan Hickman y Jim Aupperle en 1974. Se realizaron unas primeras tomas por entonces, donde incluso fueron asistidos por una leyenda del cine prehistórico como fue Stephen Czerkas. Por desgracia, el proyecto quedó en suspenso ya que sus artífices tuvieron que ocuparse de otros trabajos, hasta que en 1978 el director Mark Wolf retomó el proyecto. A nivel técnico, Wolf fue asistido por un lado Doug Beswick, que aportó sus conocimientos en la retroproyecciones, y especialmente por el maestro de modelaje Tony McVey, que se ocupó de la construcción y perfeccionamiento de varias criaturas. En concreto de los dos dinosaurios que aparecen al comienzo, fauna para la que McVey sustenta una habilidad innata en su confección. En cuanto al aspecto paleontológico, Mark Wolf contó con la ayuda de Gretchen Sibley, del Los Angeles County Museum of Natural History, y a tal efecto se preocuparon por dotar a sus criaturas de la morfología más fidedigna hasta la fecha. 

De este modo, en el inicio de esta narración se observa a un gran Brontosaurus pastando en un lago —esa imagen propia de principios de siglo de los dinosaurios pesados— y a un Allosaurus devorando un cadáver. Después, el corto va mostrando a los auténticos protagonistas del segmento, todos animados por stop-motion: diferentes mamíferos prehistóricos como Deltatheridium, un Eohippus que aquí es devorado por el ave Diatryma, Baluchitherium, Platybelodon, Glyptodon, Megatherium, luego asediado por un Smilodon que acapara las secuencias más elaboradas del largometraje, para finalmente mostrar un mamut y neandertales. Como vemos, el cortometraje supone toda una rareza en lo que se refiere a la recreación de mamíferos prehistóricos en pantalla, no muy habituales con las salvedades de largometrajes como Viaje a la prehistoria (Cesto do praveku, 1955) o los filmes de Harryhausen sobre Simbad [1].

En este sentido, el artífice del proyecto Mark Wolf se esmeró a fondo a la hora no sólo para conseguir unas plasmaciones realistas de su fauna, sino también de aportar una gran cantidad de referencias visuales a los grandes iconos del cine prehistórico. En realidad, muchos de los animales aparecidos en el corto tenían un aspecto muy deudor de otras encarnaciones famosas. Por ejemplo, Eohippus es idéntico al que aparecía en El valle de Gwangi (The Valley of Gwangi, 1969), y Allosaurus es muy similar al mostrado en Hace un millón de años (One Million Years B.C., 1966). En conclusión, bien podemos decir que The Age of Mammals es una misiva de amor a ese cine animado fotograma a fotograma que tanto entusiasmó, y sigue apasionando, a todo tipo de espectadores.


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[1] De hecho, Harryhausen visitó el escenario de la filmación de The Age of Mammals, y pudo compartir con Mark Wolf sus conocimientos y consejos sobre el stop-motion.

Collages realizados por Jim Aupperle y cedidos amablemente por Mark Wolf.


OCTAVIO LÓPEZ SANJUÁN


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jueves, 18 de febrero de 2021

Dinosaur Babes (1996)

La trama de Las guerreras dinosaurio (Dinosaur Babes, 1996) cuenta un pasado anacrónico donde vivían los primeros seres humanos con los últimos dinosaurios, hace cuatro millones de años. En estos salvajes tiempos, una tribu de enmascarados tiene prisioneras a unas bellas mujeres que ofrecen en sacrificio a su deidad, en realidad un enorme tiranosaurio. Cuando esta tribu asola un poblado de gente apacible, los tres hombres supervivientes comienzan una aventura en busca de los bárbaros donde no falta todo tipo de amenaza prehistórica.


El largometraje, de alguna manera, podría vincularse con las producciones de la Hammer de finales de los sesenta en cuanto a argumento y pretensiones se refiere. Tenemos muchos de los mismos ingredientes, como un narrador omnisciente —que en algunos casos no guarda relación con lo que vemos— odiseas de hombres primitivos por llanuras inhóspitas, sacrificios y mujeres con muy poca vestimenta. Así, abundan los topless y algún momento de lesbianismo, pero nada demasiado explícito. Pero si las películas tan queridas protagonizadas por Raquel Welch y Victoria Vetri eran holgadas producciones, aquí desde el primer momento se comprende el nivel amateur de la propuesta, con escenas ramplonas, vestuario poco esforzado y unas melenas prehistóricas muy bien engalanadas. Las guerreras dinosaurio es, que nadie se lleve a engaño, un subproducto de serie Z, pero hay que reseñar por un lado un pequeño abrazo hacia la ciencia ficción más descalabrada. Digo esto porque llegado el momento, el protagonista se adentra en una desvencijada nave alienígena y toca una pistola que reposa en una pared. De inmediato, todos los conocimientos sobre su manejo y quien sabe qué mas —se utiliza un barato efecto de animación— se introduce su mente y aprende a disparar. Algo que resulta esencial para el rescate final.



Por otro lado, y para mí más llamativo, son las muy lustrosas escenas protagonizadas por dinosaurios. Tenemos una mezcla de un rudimentario pero encantador stop-motion que se entremezcla con marionetas de gran tamaño, y elevan la película por encima de su naturaleza cada vez que se introducen en la trama. Casi, podríamos decir, lo mismo que ocurría con el filme El planeta de los dinosaurios (Planet of dinosaurs, 1977).




De este modo, tenemos la caza de un Brontosaurus que vistosos movimientos de cámara, como acelerados, escenas con un par de saurópodos que engarzan su cuello, o un Lambeosaurus atrapado en una ciénaga que se convierte en una de las mejores set-pieces del largometraje. Por si fuera poco, también aparece un manso Stegosaurus bebiendo en un lago, un fiero Carnotaurus, y una madre de Centrosaurus que asola el poblado de la tribu malvada. Ahora bien, las escenas con mejor atmósfera en mi opinión son las protagonizadas por el gigante tiranosaurio que veneran las villanas. Las escenas donde aparece la marioneta tienen un halo especial, casi onírico, potenciado por su silueta contra la luna. Además, el aspecto casi pútrido del dinosaurio, con los dientes deformes y una gran cantidad de granos y forúnculos en la piel le dotan de un aspecto descarnado y horroroso muy a tener en cuenta. Mención aparte requieren los rugidos de las bestias, pues en el caso del tiranosaurio están «prestados» de Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993), y el del Centrosaurus es muy similar, por no decir idéntico, del barrunte de un elefante.





Como anécdotas de la producción mencionaremos que el director, responsable también de los efectos especiales, empleó los modelos de dinosaurios que pululaban por su casa, con la excepción de la cabeza mutante del tiranosaurio que la realizó expresamente para la película. Conseguir una nave espacial de aspecto llamativo fue un poco más rudimentario: sencillamente acudió a una tienda de repuestos, y encontró una aspiradora vieja en un montón de basura. Tres horas después y con unos ligeros retoques, ya tenía su desvencijada maqueta para filmar.


Como vemos, Brett Piper (del que ya hablamos por aquí) era un económico artesaso de los efectos especiales, y un experto en el arte de la animación fotograma a fotograma. Así lo recuerda para este artículo la actriz Iris Lynne Sherman, que el filme da vida a la antagonista principal, la visceral Monga:
I was new to filming at that time. Several of the actors were far more advanced than I. Listening to the crew and cast members about how scenes were being shot was exciting. I learned that Brett Piper’s knowledge of stop-motion animation was admired by followers of that technique. I remember that everyone was extremely helpful to each other and wanted the best outcome for the project.

«Por entonces yo debutaba en la interpretación. Varios de los actores tenían mucha más experiencia que yo. Escuchar al equipo y al reparto sobre cómo filmar las escenas era emocionante. Descubrí que Brett Piper y sus conocimientos sobre el stop-motion tenían muchos admiradores que seguían esa técnica. Recuerdo que todo el mundo intentaba ayudar al otro y quería que el proyecto saliese de la mejor manera posible

Por desgracia, la historia detrás de las cámaras no terminó de manera muy agradable, hasta el punto que Piper —director también de A Nymphoid Barbarian in Dinosaur Hell (1990)— reniega de ella y no quiere hacer declaraciones al respecto. Es comprensible dadas las circunstancias que terminaron asolando el metraje. Ahondando en esta situación, una vez que Piper había rodado todas las escenas, intentó conseguir que alguna compañía le comprara la producción y la distribuyese. En un primer momento se lo propuso a Troma pero el trato no fructificó, pues querían realizar una reescritura completa que no era del agrado de Piper. Con la siguiente empresa a quien se lo propuso, Take 2 Productions, tuvo más éxito, pero una vez el metraje cayó en manos de la compañía, apartó a Piper de la producción y la editó como quiso sin contar con el director.


OCTAVIO LÓPEZ SANJUÁN


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miércoles, 10 de febrero de 2021

Pterodactyl Woman from Beverly Hills (1995)

El planeta de los dinosaurios (Planet of Dinosaurs, 1977) fue una modesta producción que contó con escenas realizadas por stop-motion tan lustrosas que fueron utilizadas después en un buen puñado de otras producciones. Una de ellas fue esa locura conocida como Pterodactyl Woman from Beverly Hills (1995), donde un esquizoide doctor llamado Salvador Dalí le arroja una maldición a la mujer de un paleontólogo, transformándola en Pteranodon de manera esporádica, y realizando todo tipo de actividades que van desde volar por la ciudad a copular con su marido de esta guisa.



Protagonizada por Beverly D'Angelo y Brion James, es una película indescriptible distribuida por la compañía Troma, madre de otros clásicos inolvidables y gamberros como El vengador tóxico (The Toxic Avenger, 1984) o Mutantes en la universidad (Class of Nuke 'Em High, 1986).



OCTAVIO LÓPEZ SANJUÁN


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miércoles, 3 de febrero de 2021

Son of Kong (1933)

La consecuencia más directa del éxito abrumador que obtuvo la película de King Kong (1933) fue que la RKO preparó ese mismo año una secuela, llamada El hijo de Kong (Son of Kong, 1933). Estrenada rápidamente seis meses después, en esta ocasión se cuenta como Carl Denham —de nuevo Robert Armstrong— termina regresando a la Isla Calavera, junto al capitán del barco Englehorn, Charlie el cocinero y una joven llamada Hilda. Descubren que Kong tenía un hijo, un simpático gorila de albino pelaje. De nuevo, los protagonistas se ven inmersos en un paraje inhóspito lleno de peligros prehistóricos.






Dirigida por Ernest Schoedsack en solitario esta vez, con Ruth Rose al guion y Max Steiner en la banda sonora, esta acelerada secuela, tanto por su duración como por la rapidez en la que se realizó, es una película inferior a su predecesora, más infantil y desprovista de la grandilocuencia de la aventura protagonizada por su padre. En la parte positiva, retornar a este fantástico emplazamiento permitía poder presenciar nuevos animales prehistóricos —en mucha menor cantidad esta vez— entre los que se encuentran un Styracosaurus (ceratópsido que fue descartado de la película anterior), un oso cavernario y dos reptiles no basados en ningún dinosaurio conocido (uno cuadrúpedo y otro marino, ambas invenciones del propio Marcel Delgado, que quiso aportar fauna no vista hasta entonces).







OCTAVIO LÓPEZ SANJUÁN


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martes, 7 de julio de 2020

Los dinosaurios de Tsuburaya Productions (y III)

Tal como había ocurrido anteriormente (puedes echar un vistazo aquí y aquí), una vez que Dinosaur War Izenborg concluyó a principios de verano de 1978, para la nueva temporada se emitía la tercera y última serie ambientada en tiempos prehistóricos por parte de Tsuburaya Productions. Su nombre fue Dinosaur Corps Koseidon (Kyōryū Sentai Koseidon), y con sesenta y cinco capítulos, llegó hasta el verano del siguiente año, a razón de un episodio semanal en la televisión japonesa.

Ambientada en el futuro, la trama explicaba que gracias al descubrimiento de los taquiones, era posible realizar viajes al Cretácico. De hecho, se habían establecido colonias en dicho período, y una organización gubernamental se encargaba de controlar que todo fuese correctamente a través del tiempo. Para ello, había fundado una patrulla al servicio de este menester, que empleaba una gran máquina llamada Koseidon —de ahí el nombre de la serie— para viajar setenta millones de años atrás. Sin embargo, todo se torcía cuando una flota alienígena realizaba la misma operación, viajaba hasta el Cretácico y desde ahí atacaba el presente de la Tierra, con la intención de hacerse con el planeta.


Esta raza alienígena, de aspecto verdoso y ojos a modo de binoculares, presentaba una morfología vegetal, y con una esperanza de vida de más de trescientos años, se alimentaban de los nutrientes de su alrededor. Es por eso que la Tierra, en pleno desarrollo en el Cretácico, se mostraba tan suculenta. Además, estos extraterrestres —llamados Godmess— eran capaces de controlar a los animales y emplearlos en contra de los protagonistas. Por fortuna, uno de los miembros de la patrulla, en secreto se convertía en Go, que con su indumentaria y cascos encarnados luchaba cuerpo a cuerpo y con una espada contra los malhechores siderales. Por si fuera poco, durante la investigación en el pasado, Go y sus compañeros se topaban con la princesa Altasiya y su robot cilíndrico y parlante llamado Bikuraji, en realidad unos forajidos de otra galaxia que ayudarán a los seres humanos en su batalla por el control del planeta y del tiempo.



Como vemos, el argumento guarda no pocas concomitancias con La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977). Recordemos que dicho largometraje se había estrenado hacía unos pocos meses, y el impacto en la cultura popular había sido incalculable. Es por ello que la presente serie potenciaba el empleo de batallas de naves espaciales, en las que se disparaban decenas de rayos luminosos. Encontrábamos también una princesa, como Leia en la saga galáctica de George Lucas, e incluso un robot parlanchín que ofrece una mezcla disparatada entre el aspecto de R2D2 y el infatigable C3P0. Atrás quedó también el recurso de emplear dibujos animados para los seres humanos, y los protagonistas eran actores de imagen real, como cualquier otra serie de corte fantástico de la productora Tsuburaya. De hecho, incluso el héroe Go, como Ultraman y el Super Izen en las producciones que le precedieron, tenía una facultad especial que podía usar únicamente durante treinta segundos. En este caso, esa habilidad consistía en detener el tiempo.



Y puesto que el foco de atención se había centrado en el aspecto galáctico, los dinosaurios, tan protagonistas de las dos series previas de Tsuburaya Productions, pasaban aquí a un triste segundo plano. Como en Dinosaur War Izenborg, volvían a ser hombres disfrazados, y de hecho resulta agradable comprobar que se reutilizó el traje del emperador Ururu, ahora con una coloración blanca en su cráneo de Tyrannosaurus. Este carnívoro, que en la serie recibía el nombre de Jackie en honor del actor y luchador Jackie Chan, no solo mantenía una lucha con un Brontosaurus reminiscente del famoso fragmento de Fantasía (1940) donde un Tyrannosaurus atacaba a un Stegosaurus, sino que se aliaba con los seres humanos para defender la Tierra de un monstruo alienígena que llegaba con forma de meteorito llamado Gaos.



También se volvieron a emplear la marioneta del Pteranodon y otros trajes como el del Triceratops y el Corythosaurus —convertido ahora en amigo de los protagonistas— si bien se fabricaron algunos específicos para la serie. Por ejemplo del sinápsido Dimetrodon, de los primeros animales controlados telepáticamente por los extraterrestres y lanzados a luchar contra los seres humanos, varios plesiosaurios, o incluso un villano denominado Ragout. Este se trataba de una especie de terópodo, con púas en cabeza y torso, dotado de igual modo de la capacidad de lanzar bolas de energía de su boca.



A modo de cierre del argumento de la serie, en el último episodio la producción permitía contemplar la llegada de un meteorito alienígena que exterminaba a los dinosaurios, con varias de las pobres bestias literalmente ardiendo vivas, lo que se convertía en un auténtico desazón para los protagonistas al observar impotentes —pues no pueden interceder en la historia de la Tierra [1]— cómo se calcinaba toda la fauna del pasado que poblaba las inmediaciones del Monte Fuji.



Como sus dos hermanas mayores, Dinosaur Corps Koseidon también gozó de cierto éxito en tierras sauditas e italianas —atención a su espectacular canción de apertura obra del grupo Superobots— si bien su naturaleza más cercana a los estándares habituales de la productora hicieron que se quedase a medio camino de conseguir ese status de culto que sí poseen Dinosaur War Izenborg y Dinosaur Expedition Born Free.


Sin embargo, y lo más sorprendente de todo, es que cuarenta años después, de producción china se lanzó El retorno de Koseidon (The Return of Kesai, John Moo, 2018) donde en una suerte de juego de metaficción, una niña sueña con que su héroe de la serie de los setenta, el citado Go con su indisoluble casco rojo, aparezca para librar a la Tierra de la invasión de una plaga de demonios-zombi. Por supuesto, finalmente el enmascarado reaparece, pero no sus acompañantes prehistóricos, en una cinta china enfocada a las coreografías de lucha contra los engendros resucitados en plena calle y no hacia los saurios del pasado.

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[1] De alguna manera, la serie presentaba conceptos pioneros. Se trataba el control telepático sobre los dinosaurios por parte de alienígenas antropomórficos del futuro, tal como ocurriría en la serie de animación Dino-Riders (1988) pero también esa suerte de organización gubernamental que debe controlar y evitar cualquier cambio en el pasado, como la autóctona El ministerio del tiempo (2015-2020).

OCTAVIO LÓPEZ SANJUÁN

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